viernes, 12 de noviembre de 2010

Política de juventud y política de programa de jóvenes

Recientemente un conocido mío se lamentaba que unos jóvenes le habían comentado que en un foro (dentro de un proceso de formulación de políticas institucionales) “no se habían respetado sus acuerdos”, complementando que presuntamente “se había maquinado todo para “aprobar” preconceptos”. El tema no es nuevo para mí: ni el de la formulación de políticas de y para jóvenes, ni el de los lamentos durante el proceso. Llevo muchísimos años trabajando en ese campo y, por supuesto, he visto y oído de todo. Y antes de seguir con mi relato, debo detenerme en esto.

Política de juventud lo llaman unos, política de programa de jóvenes otros. No importa cómo se denomine, la esencia radica en lo mismo: una serie de de principios, estrategias, programas y proyectos que contribuyen a la promoción social, económica, cultural y política de la juventud. De manera burda: los procesos y acciones que permitan incidir en el mejoramiento de la calidad de vida de los jóvenes.

La teoría suena bonita y fácil. Pero llegar a estas políticas siempre ha sido un camino tortuoso. Jamás faltan los que se declaran insatisfechos, que no se incluyeron x o y estrategias fundamentales, que sus voces no fueron escuchadas. No importa cuántos eventos previos de consulta se hagan (llámense foros, seminarios, talleres o de cualquier otra manera), siempre habrá quiénes salgan al final diciendo que los acuerdos no fueron respetados.

En fin. El problema radica en las expectativas previas que se generan, en la información errada que reciben o perciben quienes participan en estos eventos. Pero para poder explicar esto mejor, debemos partir de un poco de teoría: el camino de la formulación de las políticas [1].

Todo parte de un diagnóstico: alguien -o algunos- estudian la situación actual de la población objeto, para el caso, los jóvenes. Se analizan, igualmente, aciertos y desaciertos de políticas pasadas. Se consulta con expertos en la materia, se consulta (de nuevo para el caso actual) a los jóvenes, se efectúa una revisión documental.

A partir de lo anterior, se plantean unas hipótesis, que permitirán (más adelante) establecer unas líneas de política. Estás hipótesis responden a dos cosas: la situación actual diagnóstica y el deber ser, es decir, las “apuestas” según las orientaciones de quiénes tienen en sus manos la responsabilidad de asumir resultados concretos con las políticas [2].

Si se quiere, estas hipótesis se pueden volver a someter a consulta. No es necesario, pero se puede hacer. Como quiera que sea (con o sin consulta), finalmente terminan derivándose en formulaciones que llegarán a ser los lineamientos de la política.

Ahora bien: decía que el problema radica en las expectativas que se generan durante el proceso.

Me acuerdo, a manera de ejemplo, del proceso de la formulación de la actual Ley de Juventud (ley 375 de 1997) que rige en Colombia. En su momento se vendió como “los jóvenes vamos a formular la ley de juventud” y se hizo un ejercicio “amplio de consulta nacional” donde intervinieron “más de 10.000 jóvenes”. Indudablemente un error garrafal, perverso y demagógico.

No se puede pensar que las expectativas de los jóvenes (y expresadas por los jóvenes), se puedan igualar a la rigurosidad del tratado legal y constitucional. Obvio: después de que saliera ese “inofensivo” documento (reducido de 146 artículos a los 51 que quedaron) la sensación de frustración fue muy grande. Y, de nuevo, la voz de los jóvenes: “no fuimos escuchados”, "no se nos tuvo en cuenta"... "no se consideraron los acuerdos a los que llegamos”.

¿Qué pasa? ¿Qué pasó? El manejo de las expectativas: lo que se puede hacer y lograr, y lo que no.

Y he ahí el punto álgido: yo no necesito consultar a un suicida para saber que el suicidio es malo. Yo no necesito consultar a un drogadicto para saber que la droga es mala. Yo necesito, eso sí, consultar a los suicidas y drogadictos el porqué lo hacen, para evitar que otros lo hagan, para establecer acciones.

Pero que un suicida me formule políticas anti-suicidio, que un drogadicto me formule políticas contra las drogas, he ahí una brecha muy grande. Entonces, el proceso de formulación comprende puntos de ver, sentimientos, expectativas. Y se logra mediante consultas. Pero esas consultas NO definen mediante “sus voces” los lineamientos de política.

Las políticas se definen con unas apuestas claras: de gobierno o dirección. Y se corroboran –o ajustan- mediante consultas. Pero no creo que se establecen por la población objeto. Así suene crudo para algunos “objetantes”. Ahora: ¿estoy reduciendo los “asuntos” a meros elementos “proteccionistas”? Tampoco.

La clave está ahí: le preguntaba a mi conocido –el que se lamentaba al inicio-: ¿conocen los jóvenes la dinámica institucional? ¿La deben conocer? ¿Opinan por opinar? ¿Saben qué se encierra entre las metodologías de la organización para ellos y el quehacer institucional?

“No”, finalmente me respondió él. “No saben y no deben saber”. ¿Entonces, me pregunto yo, dónde está la claridad conceptual entre el  sabersaber ser y el saber hacer? …

Y ahí de nuevo radica el punto: quiénes critican no saben lo que critican; quiénes reproducen críticas no son las “voces autorizadas”. Poco se puede hacer, si se quiere, formulando cosas entre quienes no saben, y quienes saben  lo que hay que hacer. Las políticas se formulan pensando de manera global, consultadas, pero pensando en ese ejercicio global: con las apuestas institucionales, considerando los intereses poblacionales.

Por eso mi invitación es: antes de criticar, reproducir o proponer: hay que documentarse, estudiar y -si se puede- evaluar. Pero dejemos a los expertos su experticia, que flaco favor se hace hablando empírcamente.


[1] Por supuesto, no entraré en extrema rigurosidad sobre este tema, del cual hemos escrito volúmenes enteros en las últimas décadas; en ese orden de ideas, de antemano ofrezco mis disculpas a los demás colegas por lo reduccionista de algunos conceptos. La idea, de fondo acá, no es hacer un tratado sobre las políticas, sino de dar una visión rápida a los LAICOS en la materia.
[2] La responsabilidad, para el caso, se puede referir a un gobierno o a directivos de una organización social. El motivo por el cual, particularmente, no considero acá a gerentes o directivos de empresas (económicas) radica en el enfoque organizacional: mientras que los gobiernos y organizaciones sociales se enfocan en el mejoramiento de las condiciones de vida de la población objeto, las empresas (económicas) pocas veces tienen ese matiz (recordemos que la definición clásica de una empresa es la de aumentar los ingresos de sus miembros y que, rara vez, se miden en “ingresos sociales”)


No hay comentarios:

Publicar un comentario